lunes, 19 de junio de 2017

Laura Ortíz (Pasado perdido)





PASADO PERDIDO

Todos tenemos un pasado, ella ya no. En todo caso muy muy lejano, según ella tampoco tiene familia, o al menos no sabe quiénes somos, no sabe qué hora es, ni que día, o en qué año vive.
¿Verano o invierno? Indiferente. ¿Año 2017 o 1993, qué más da? ¿Has comido? ¨La verdad que no lo sé¨. ¨ ¿Cuántos hijos tienes? ¨ ¿Ah, que tengo hijos?¨

No podría decir exactamente desde cuando tenemos estas conversaciones. Poco a poco te empezaste a ir, te fuiste sin avisar de que empezabas a caminar,  a caminar quien sabe hacia dónde, cada vez un poco más lejos, sin darte cuenta, sin darnos cuenta.
Aquellos no me acuerdo a los que se empieza por llamar despiste, acaban siendo lo que hoy son.

Y a pesar de ello, a día de hoy puedo afirmar que te siento más cerca que nunca. Que a pesar de no saber exactamente quién soy, creo que ha sido uno de los ¨te quiero¨ más sinceros que he oído decir jamás. Y yo tengo la gran suerte de poder devolvértelos como si fuese la primera vez que lo hiciese.

Y sí, quiero que me sigas desesperando preguntándome cada medio minuto que si quiero café, que en qué año estamos, que sigas inventándote las respuestas cada vez que te pregunto algo, pero sobre todo, que me sigas haciendo reír de la manera que lo haces, con esa inocencia característica que ve la vida de la mejor manera que se podría ver.

Creo que es una enfermedad, dentro de lo que cabe, bonita,  porque al fin y al cabo, vives en esa burbuja  totalmente alejada de la realidad que consigue que siempre tengas una sonrisa en la cara. Asique podría decir que tu enfermedad la sufrimos las dos, la diferencia es que a mí sí que me duele. Por eso quiero disfrutarte al máximo, porque me queda mucho por aprender, porque es el tipo de vida que has llevado y por la persona ejemplar a la que me gustaría parecerme aunque fuese solo un poco.

Y como ya he dicho, tengo la gran suerte de poder regalarte te quiero como si fuese la primera vez que te los dijese. Y claro que no es fácil escuchar un: ¨ ¿Ah, que tú eres mi nieta?¨ O un ¨ ¿Cómo te llamas?¨ Y tener que contestarte con una sonrisa, pero me compensa, me compensa solo por el hecho de que me sigas mirando cómo me miras, porque nos sigue quedando esa complicidad entre las dos que solo nosotras entendemos.

Más que una abuela, tengo una niña, una niña pequeña que me enseña a valorar lo realmente importante y a mirar la vida con otros ojos, pero sobre todo, a disfrutar el momento, a no dar por hecho que la salud es para siempre y que vamos a estar bien eternamente.

Por eso te diría que no te fueses nunca, pero como ya lo has hecho, te digo que te quedes como más feliz seas, porque así es como realmente te quiero ver, porque así es como más cerca estás.

Una vez más, y aunque para ti vuelva a ser la primera, te quiero.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                Laura Ortiz Azáceta

Lucas Zarraluqui (Recuerdos que olvidar)



RECUERDOS QUE OLVIDAR

Mi clarividencia resulta hasta denigrante para las personas que  forman ese pequeño círculo social que me rodea, pero, cómo expresar la culpabilidad que siente uno al no tener los remedios necesarios para paliar el problema que obstruye cualquier amago de tránsito de idea alguna por mi cabeza…

La sencillez de la respuesta no justifica la complejidad de esta pregunta, ya que no existe respuesta alguna. Perdí la capacidad de convencer a la gente, y no solo a la gente, sino a las personas que más he  querido y que sigo queriendo, aunque no se lo crean.

Todos los días del año sin falta durante los últimos quince años, Paula, mi madre, entraba por la puerta de mi  habitación a las seis y cuarenta y tres de la mañana, colocaba un vaso de cristal fino lleno de agua hasta la mitad con dos cubitos de hielo pequeños. Seguidamente, sacaba del bolsillo derecho de su bata de algodón egipcio un reloj de arena bañado en oro con unos toques del jade mas amazónico jamás visto, tanto en la parte superior como en la inferior, miraba su reloj de muñeca, y a las seis y cuarenta y cinco agarraba el reloj de arena y le daba la  vuelta.

Cuanto vacío, cuanta poca esperanza se podía expresar  en un solo  movimiento rutinario, cada mañana que la veía realizar estas tareas y oía sus pasos alejándose de mi cuarto se podía oír el eco que creaba el dolor guardado dentro del corazón de mi madre.

Mi soledad es inexplicable, hasta un naufrago se reiría al ver mis amistades, ya que tras lo sucedido, la amistad se ha convertido en obligación, la amistad se ha convertido en un gran sentimiento de lástima hacia mi persona, la amistad se ha convertido en el intento de solventar  una deuda imposible de pagar, y el numero de amistades se puede contar con un puño cerrado.

¿Para qué aguantar más? No quiero ver sufrir a mis seres queridos ni alejarse a los que lo fueron. Ya que no puedo hacer nada al respecto, de una manera totalmente involuntaria me empiezo a debilitar, y sucede. Se apagan las últimas luces del hostal, se secan las últimas gotas de este charco, se tropieza la última persona que estaba ayudando a levantarme. Y caigo.

Es un vacío oscuro en el que cada poco tiempo, toco suelo y lo rompo de manera prolongada y hasta infinita, quien sabe, pero me siento bien. Por primera vez en la vida me siento bien. Ahora sé que en una historia puede haber muchas comas, incluso puntos y aparte, pero realmente no acaba hasta el punto y final.
Y ésta ha acabado.

Lucas Zarraluqui García
1ªESO-B
Mayo de 2017

Ángel García (El loco ha vuelto)





EL LOCO HA VUELTO

Hola mi nombre es Juan Rodríguez y voy a contaros mi experiencia con el Loco:

Domingo 27 de Septiembre, me encuentro en  Madrid concretamente en la zona de la plaza de toros de las Ventas; estoy haciendo cola para entrar. Hay muchísima gente, pero hoy los toros no serán el espectáculo, doce mil personas vamos a asistir a este concierto, doce mil personas reunidas, para ver cantar a un solo hombre, me pregunto si él hubiera imaginado que llegaría a tener este peso en el mundo de la música cuando comenzó.

Ya estoy dentro, el ambiente es brutal, los teloneros lo están haciendo genial, tocando canciones de grupos como Alaska, Celtas Cortos o Extremoduro, mientras busco mi sitio disfruto del pop y del rock español de los maravillosos ochenta.

Acaban los teloneros y se apagan las luces, ahí está, con su característico traje negro y su cigarro en la mano, comienza a hablar haciendo una breve presentación de la banda que le acompaña, y comienza a sonar esa canción con la que debutó, Rock and Roll Star, todo el mundo se la sabe, él disfruta con esto y hace que el público cante haciendo así de coro…

Una vez acabada la canción se presenta diciendo:”Que tal estamos Madrid, mi nombre es José María Sanz Beltrán, pero todo el nombre me conoce como, Loquillo, espero que disfrutéis del concierto”. Comienza a sonar una de sus canciones más famosas “El Ritmo del Garaje”, que lástima que no está Alaska, me digo a mi mismo, llegamos a la parte del estribillo y empezamos a cantar, “Porque yo, tengo una banda de rock and roll ouooo”.

Acaba la canción y tocan otro de sus grandes éxitos, “Cadillac Solitario”, y nos unimos toda la plaza de toros para cantar esta balada, dirigidos por Loquillo…

Muchas fueron las canciones que se tocaron ese día, pero lo importante no fue el concierto ni mucho menos, lo importante fue esa unidad que formamos todos, dando igual nuestras diferencias.
Por eso hoy escribo esto para que esta unidad no sea solo en conciertos, partidos de la Roja, u ocasiones similares sino en todo momento, y que esa unidad nos haga fuertes y hagamos frente a los que intenten quebrarla.

Sin duda alguna este es el mejor recuerdo que me llevo del concierto del gran Loquillo.

Ángel García Romero, 1ºB


Ana Fernández Izquierdo (El abuelo Paco)







EL ABUELO PACO

Paraguay, año 1900 sumido en una profunda crisis, inestabilidad económica bajo la influencia del Partido Colorado, venta de tierras públicas sumado a la disidencia interna en los partidos, era el mejor ambiente para enfrentamientos, después de tres meses ya estoy aquí, de Burgos a Bilbao, después Brasil y repito, ya estoy aquí, y me lo repito a mi mismo porque si no lo hago no lo creo. No puedo decir que el viaje haya sido de mis mejores experiencias, pero si puedo asegurar que jamás echaré de menos a mis compañeras de viaje, las ratas y las cucarachas.

Con 15 años ya empecé a trabajar en la tienda de la familia de mi gran amigo Julio, pero no mucho más tarde empezamos con otros proyectos, y el hecho de tener que dormir debajo del mostrador era lo que más me motivaba para para no conformarme con eso. Desde supermercados y heladerías hasta noches sin dormir para hacer trajes, gorras y lo que me pidieran, las 24 horas del día nunca eran suficientes. 

Pero la juventud es la juventud y se me metió en la cabeza una mujer inalcanzable, por su alta clase social, por su belleza y todo lo que podía buscar cualquier joven de mi edad en aquella época de una mujer, pero lo que esta claro es que a esas alturas de la vida no tenía barreras para nada. 

Poco a poco la fui conociendo, descubrí su nombre, su nacionalidad, y quién era su padre, nada mas y nada menos que el embajador de Italia en Paraguay, y eso que no os he contado que yo era bajito y no especialmente agraciado pero con  mi nuevo traje y mis zapatos negros lustrosos fue cuestión de semanas que Clelia y yo empezáramos nuestra andadura diaria para todo la vida.

A partir de ahí todo lo demás pasó muy deprisa, me lancé a abrir mi propio negocio sin apenas dinero, que paso a llamarse “la casa de todos”. Después de la primera tienda vino la segunda y después la tercera, vendía todo tipo de artículos en el mismo establecimiento y esa fue la clave de mi éxito empresarial, Julio y yo éramos además de los mejores amigos los mejores socios. A la par llegó mi éxito familiar, nació mi primer hijo Alfredo en Paraguay que por ser el mayor le cayó toda la responsabilidad, en esos momentos Asunción, la capital de mi querido Paraguay había cambiado mucho, entre mis negocios y la ayuda de Clelia me llegaron a nombrar nada mas y nada menos que conde. 

Y como ya os he dicho todo iba muy rápido hasta que aparecí en Criales, Burgos con el primer coche que hubo en toda la provincia; que por cierto luego me lo quitó Franco para pasearse tras su victoria por la ciudad, pero eso es otra historia.

Además del negocio en Paraguay me traje la misma idea a España y abrí una tienda con un edificio entero en la plaza de callao, para entonces ya habían nacido Javier y Ricardo y con mis tres hijos ya quería comerme el mundo.

Pero la vida no es como uno la planea, con los niños siendo pequeños Clelia nos abandonó empezaron a llegar noticias muy inquietantes de Paraguay, mis hijos nunca me lo contaron, pero sospecho que mi amigo Julio no supo responder de la forma que yo esperaba.

En un mismo año hubo ocho golpes de estado en Paraguay y creo que mis negocios sirvieron para que un general golpista perdiera su batalla, todo lo que construí se fundió en el hierro de unos cañones que perseguían unos ideales revolucionarios que desconozco.

De esto último nunca fui muy consciente y aunque a mis hijos no les dejé nada de lo que yo pensaba, creo que les deje un ejemplo de vida, que todo lo que se persigue con tesón y trabajo se consigue y este mensaje es el mayor de los tesoros que les pude dejar.